El Everton ha dejado atrás su habitual papel de víctima en el fútbol inglés para convertirse en un equipo competitivo que genera tanto envidia como respeto. Tras años de deriva y mediocridad en el siglo XXI sin títulos ni ascensos, el conjunto de Merseyside ha recuperado su identidad y brilla en su nueva etapa.
Estabilidad y solidez en el campo
Bajo la dirección de David Moyes, un entrenador que comprende profundamente a la institución, el equipo luce renovado y competitivo sin depender de la simpatía ajena. A pesar de la marcha de Jack Grealish tras su etapa como cedido desde el Manchester City, el conjunto azul funciona como un bloque cohesionado y sólido desde la portería.
En el arco, Jordan Pickford se consolida como indiscutible, respaldado por una de las parejas de centrales más destacadas de la Premier League: James Tarkowski y Jarrad Branthwaite, quien recupera su nivel con la selección inglesa tras superar lesiones pasadas. En el centro del campo, la labor incansable del joven Harrison Armstrong y el aporte de James Garner y Kiernan Dewsbury-Hall han impresionado, situando a varios jugadores en el radar del combinado nacional.
Responsabilidad en ataque y riesgos calculados
En la delantera, Thierno Barry ha asumido la total responsabilidad como único delantero centro especialista del plantel. Aunque el atacante francés ha lidiado con altibajos y dudas sobre su rendimiento, acumula cuatro tantos en lo que va de campaña y se ha ganado el respaldo de la afición.
No obstante, la falta de alternativas en la posición de delantero y en los laterales mantiene el característico margen de riesgo en la planificación del club. A pesar de estas vulnerabilidades, el Everton afronta el curso con la determinación de transformar su habitual sufrimiento en motivos reales de celebración.







